29 mayo 2010

La destruction fut ma Béatrice (5)

Pasaron los días y me limité a seguir la conversación del agregado apoyado al otro lado del mostrador.
Primero había bifurcado las pisadas encima del barro, hecho trompos antes de recoger el camión frigorífico, me hube convincentemente acordado de que no había dormido apenas ni veinte minutos.
Entre medias se lubricaron los minutos del café de madrugada, Área de Servicio, siniestros crucigramas y la traza de los pies saliendo del tiesto.
Sobrevinieron anfibios espantados en su primer año de agua, cajas verdes reemplazaron el carril de sus emociones.
Es probable que haya sido eso lo que te deslió con la suma de la actitud limítrofe y el resultado.
Abrir, cerrar, giro a izquierda a derecha, ¿en qué sentido?
Qué ocurre, estoy jodido, yo me lo estoy pasando genial, no querría haber venido aquí. Te marchaste.

Una noche aletargadísima, confinada a unas horas tan cortas que en la vida me habrían hecho temer que todo en el mundo era tan corto.
En centésimas me hallaba luego sobre el barro, en este intervalo seco, y rogaba por que no se subiera ya la gente, que se quedara alguien para sostenerme.
Chasqueó la lengua, nos fuimos al colmado, lo más parecido a un colmado, para que nos hicieran unos bocadillos.
Boroña, relámpagos de pipa de sidra, aviones en forma de flecha. Me abracé con el aparejo transitorio, siempre hay navajas y hacían falta allí, pues sí.
Gafas oscuras y dormir en la grada, enredos y gruñidos y al final no te apoyabas encima mío, a qué coño esperas, no tenemos toda la vida.
Entonces duerme.
Fronteras despiezadas, puertos inoperantes, retos y primaveras que prosperan con su lluvia, con su sol, desunión y pena, sobre todo con pena.
Pasé de la caja de los ratones, qué hay de divertido en esta mierda, a no ser que alguien meta un palo, y el palo se metió.
Y entonces.
Aparecí sin el colaborador freelance, a treinta kilómetros de casa, a horas lamentablemente intempestivas. Me puse con la contribución de sacar el equipaje, con el reciclar de basura que después no sabría que sería simple anécdota.
A tiro de piedra del barrio el coche se paró, con pistolas de carburante, joder, qué hay que buscar, vete recogiendo la mierda, si total.
Si total no me estorbaba acopiar el residuo que la naturaleza enfocaría a la vez que un soplo lejano del silencio; que si total piensas que con la declaración in extremis puedes eximirte de tu comportamiento cerril. Si no tienes la más puta idea de que rebasamos el Monte Naranco y de que alcanzamos el otro lado, bastante más heridos que al principio pero sin restañar volcanes ni sabernos mejores ni peores, toma nota, que antes de inyectarle adrenalina al motor, estábamos.


Creí morirme de pena
cuando no querías verme;
creí morirme de pena
y ahora bendigo mi suerte
de no tenerte a mi vera,
de no tenerte a mi vera.

Y atravesando los montes
salí de Málaga un día,
y atravesando los montes
oí una voz que decía:
"chiquillo no me conoces
tanto como me querías".

Tendrás que llorar por mí,
tiene que llegar el día
en el que llores por mí
lo mismo que yo estuve llorando
cuando te fuiste de aquí.