05 julio 2009

Las canciones de Silvio

Otorgan, no ya los ángulos de la plaza sino el resto de elementos en disposición cuadricular, el sentimiento de visualizar sin querer, por casualidad, la imagen más triste que jamás ella se encontrara. Aquél enfangándose en la turbiedad de las letras de un libro que sostiene como por error sentado en la parte delantera del urbano, la cabeza agachada y el cuerpo encorvado, casi de hélice, en otro viaje a ningún lugar, la atención desprendida al fin y al cabo, probablemente en un único sentido. Plantear, sorprender, salvarse, fuera de doctrinas, sombrear, divagar, viscosidades, en estas últimas sí, en éstas se encuentra el través del espejo y las líneas disidentes, y el polo norte a kilómetros del polo sur, y que si me aprecias, y que si a esta pregunta póstuma le contesta que muy en el fondo, muy profundamente, igual que un ladrido, y que es todo lo que dice y se va.
Fluctuaciones, es el factor cristalino y nada en la abundancia, de algún modo debe pensar ella respecto a aquél, el dedo como si subrayara acariciando el interior de un libro, la ciudad o el tumulto veraniego, y a pesar de todo la vulgar instantánea, avistarlo atravesar el semáforo antes de que se ponga verde, se parece el lienzo a un día de playa, si tenemos en cuenta que hasta los mejores días de playa no tienen por qué ser perfectos. Seguir con el diálogo ella y el teléfono en los dedos sin pasar no obstante por alto la abominación histórica ni los colores ni las señales, no desdeñar las trayectorias de un tapiz y el yugo de aquél, su interminable tarde de boca abierta y fauces intransigentes, la tenacidad sin sentido, sin viaje, y sin embargo la tarde que debe avanzar, diluirse así, de entre aquella aspereza y los interrogantes, lo que no se precipita al borde del vaso.
Una vez más, ese irse dejando llegar y marchar la semana, pero también el blando e inverosímil reconocimiento de despegar de aquél que corre a su espalda, a través de un cómo estás, he pasado mala noche, fíjate que apenas he pegado ojo, y que ahora le tienta a la risa porque lo razonable sería lo contrario, y vamos, apoya la cabeza en mi pecho y cálmate por dios, que me vas a hacer llorar a mí.
Quiere dejar de pensar en el motivo de tener que buscar el perdón, que a aquél no hay quién le entienda, no plantearse el descolgar, la fuga de palabras que crecerán de golpe en otra parte, ella en su orden y qué demonios pasa, ya estamos con la misma canción, estoy más que harta de tus rabietas, a mí no me hace falta nada de esto, no ha nacido todavía un porqué, no me importa, no me debería importar, de modo que un silencio y un discurso reconstruido, la voz pacífica y después un temblor, de improviso aquél contenido y ella continente.
Habrá un instante, será por admitirlo, tal vez la ausencia de sospechas, nadie me habló de este cuento, de cómo fue escrito, ella se tranquiliza sin pretextos, cruza a la vez la calle, el autobús hace lo propio, la siguiente parada devora unos metros, las puertas que con la propulsión hidráulica cumplen con su cometido, aquél arrojado necesariamente como a un despertar, la verja después chilla, el viento está mudo, dicen que a veces tropiezas luciérnagas, que la noche y quizás que el vacío, y en aquel tiempo la novedad se cotiza al alza, la bolsa se resquebraja, poco valor seguro si no pasa por alto que no te marches nunca de aquí, por favor, sabes que no lo soportaría.
Diserta aquél, la más elemental capacidad de concentración es un sondeo a tirones, y enseguida inútil, ineludible el manifestar que ha de olvidarse, al instante ya migajas y pocos minutos y verdad, no hay desarreglos, no especula, sólo reaviva el fuego de la pereza, lo mismo que excursiones, domingos y placidez, citas que no estarán, lo hago por ti, sobre todo es por ti, explica, pues un sombrero huyendo de las esquinas del marco, algo inmaterial, un perfil, un repiqueteo, está claro que no te va a doler, cruzas la calle hablando por el móvil, las horas que la lentitud bendice y se azotan, lo conoce de largo, que a ninguno se le ocurra enseñarle la lección, que en este momento enfila el pasillo, el ahora que no cambia nunca nada.

27 junio 2009

Fantasma

19 junio 2009

Queda un cigarro mojado

14 junio 2009

Do I deserve to be?

08 junio 2009

Recreo

Pedrito le da un traguito a su copa. No piensa en cine, en libros, en música. Pufff, una brasa. Escribe un sms y dice: "estoy borracho. Es madrugada y estoy borracho en Madrid. Sin atenuantes ni sentido de la culpa ni del ridículo. Todos los indicios sé que apuntan hacia mí". Le da a la tecla de enviar y se vuelve hacia la barra. Oh yeah. Aldabonazo de luz. Y ahora un golpe de calor: ¿te acuerdas? Juntar versos en la servilleta, el cielo se queda en paños menores a tu vera, todo me parece una marcianada, ponme otra, no me seas remilgado. Las paradas en sentido vertical, subida y bajada, imperfecciones y despropósitos. Rebuscar. Pedrito cambia de postura muchas horas antes, no se aguanta en el asiento. Luego estaré allí y tiraré de la manta. Espumillón, estrellas. La línea del after. Pastillas sin sabor. Ya se conoce la historia. El intervalo entre el grito y aquel portero. Caer, portero, acera, amortiguación, andén, metro, escaleras mecánicas. Un corte en la cara. El portero que lo acecha. La calle, de día. La calle, sin lugar a dudas, ésta es la calle. A la derecha, pegado siempre a la derecha. El aire. Pedrito en el recreo, anonadado. Mañana estoy de vuelta. La cabeza como el melón abierto a golpe de hacha. Estaba frío, te juro que después te lo contaré todo. Ahora déjame que cierre los ojos. Es sólo un momento. Ahora déjame, cuesta arriba.

Se condenan a no estar

05 junio 2009

Las canciones de Sabina

Sí que hubiera dado para un post, una entrada como prefieren decir otros, con las yemas de los dedos por la nuca, junto a las sienes, en el medio del banco, el desgraciado más afortunado del sistema, la manada de escalofríos que me habrían hecho transparente y las botellas que no cayeron en el Lavaderu, tuvisteis suerte compañeras, habría comenzado a emerger de alguna parte el final del crepúsculo, sin embargo sentirme sucio, el más puerco de toda la ciudad, una cartografía perfecta debajo del sol, con la retina dolorida mirando de vez en cuando hacia las pequeñas ventanas del salón de la casa, igual que la de David El Gnomo, era el gigante a veces con varios metros de distancia, alcanzando el alféizar sin andamios, muerto en, muerto en muerte, el premio a la inconsciencia transcurridos tantos meses que se hace increíble pensar que aquello sucedió algún día, que te contemplé pasando tantas mañanas a las diez, casi nunca más tarde, y después verte crecer y separarte, y no tener argumentos ni anotaciones que te sacaran de ahí, del agujero negro, y caer en otro agujero, la mano posada sobre el hombro, alguna que otra vez esparciendo el calor hacia la espina dorsal, un reverso irónico, una mentira quizás a medias, yo ponía la otra mitad.
Regresando al martes, insuflé con escéptica pereza dos o tres comentarios, porque ya no era gracioso, ya no era nada, con alcohol o sin alcohol, dejé marcharse al posible sueño, al post o entrada, la apuesta al caballo perdedor, la pata rota y estúpida, aparte de inventos cuarteados, retruécanos, repeticiones y aliteraciones involuntarias. Modos de salir corriendo ante el olvido, probablemente nunca alcanzaría a sacar de la chistera una soflama sin torpeza ni gesto alguno, atolondramiento como aquella maceta con flores naturales, eso sí que parecía un tanto a mi favor, aunque la rosa en el centro ya se marchitaba horas antes, sin deshojar, moriría por inanición lo más seguro. Pero dale un trago a la cerveza, hombre, te reíste, estás muy flojo, bebes mejor otros días; lo sé, y cómo será posible que tú lo sepas, no nos vemos a menudo, y no entiendo por qué coño no disfruto de estas horas, por qué sé que pensaré en ello durante años, acaso dándole de comer al troll de la saudade, y el echarte de menos se me da tan bien que daba hasta pena pararse un momento y darle más vueltas a esto, rueda cuesta abajo del recuerdo, mira que no es imaginado, no es la utopía de la semana, de abril a octubre, no nos vimos demasiado desde primeros de octubre, y venga con el tema de que reposabas junto a mí, que sentía nostalgia y cansancio, que me daba contra las esquinas y devolvía una sonrisa y un bolero y ponía a las mujeres flores en el pelo, y una vez dicho lo dicho y hecho el imbécil no encontrarlas nunca más, igual que un balcón vacío, los geranios ahogados por los que nadie pregunta.
Allí intenté mudarme, seguiste hablando, los oídos por mi parte en blanco, creo que paré con aquella conversación diversificando el punto de partida, no obstante las voces que se veían venir de la calle de atrás, los obreros recién terminados sus farias y lo que llamaban chupitos, consumiciones que más bien, siendo justos, eran copazos de whisky, un hielo como mucho en cada vaso, más de medio tubo la dosis, y los gritos que luego me conozco llegan al abordar la plaza, lenguas incontenibles, sustratos de corrosiva mezcla antes del retorno al tajo, informe pericial que retuerce el lugar más común, vosotras que no escucháis o hacéis como que no, que sólo faltan metros siderales fuera de la velocidad del sonido, contraluces allá a la vuelta de la esquina, que os estáis riendo a pesar de que el mal es posible que no, es posible que el mal no alcance la meta, una mecánica que no me coge de sorpresa, hacéis como que no con vuestras historias, lo cierto es que merece la pena quedarse en este banco, mira que no te gusta nada el sol a plomo y no te mueves ni a tiros, pero es verdad que en la sombra hace fresco, ya me tengo que ir, ahí os quedáis los dos, sed buenos, ¿vale?, que me conozco esto, a ser buenos, y entonces la habitación de un hotel quizás y el carné en la recepción, que quede muy claro que detesto los finales.

03 junio 2009

Tú no existes